26/11/10

FRANCISCO HERRERA VELADO (IZALCO 1878-1966)

                                                                      El Volcán.

Recuerdo que cuando iba a la escuela, jamás deje de hacer la inspección que era reglamentaria entre mis compañeros de primeras letras. Todos los días nos acercábamos temblando de emoción a espiar el subterráneo, un sitio donde estaba depositado el tesoro del diablo.
Chist…!Allí está…Vámonos.
Era en Izalco. Había cerca del cabildo una gran excavación, y en su fondo veíamos –desde lejos, por supuesto- la entrada a dos túneles de mampostería. Contaban que sacando tierras para hacer adobes, descubrieron aquella obra gigantesca. Algunos curiosos exploraron los túneles “sin poder hallarles fin”. Así decían. Hubo los consiguientes comentarios en el pueblo. Desde luego intervinieron las comadres. Y tras discusiones y sospechas nació la leyenda. ¿No era pecado que los católicos visitasen esa obra diabólica? Un alcalde prudente opinó de igual manera, y mando a cerrar la excavación.
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Muchos años después, platicando con ño Julián Sisco, un indio que hablaba muy bien el español y fue gran narrador de tradiciones izalqueñas, confirmó la historia del subterráneo tal como yo la sabía, y enseguida me contó algo más interesante.
-Sí, señor, ahí guardó el diablo su tesoro, cuando lo sacó del sitio donde estaba enterado antes.
-¿En donde lo tenía?
-Ah! ¿No sabe usted? El tesoro estaba en el mismo lugar en que fabricó el cerro.
-Cuénteme esa historia ño Julián.
Y el indio me contó lo que os voy a referir.
Había dos avarientos –el marido y su mujer- cuyos nombres nadie sabe, porque ninguno quiso volver a mentarlos desde la catástrofe que acabo con ellos y sus tierras.
Vivían en una gran hacienda –el lugar que ahora ocupa el Volcán-, y alquilaban sus terrenos a los indios pobres, quienes eran sus víctimas perennes.
Aquellos guatales parecían una bendición de Dios. Las mazorcas del maíz eran tres veces más grandes que las de ahora. Y conviene saber señor, que entonces no daban mulquite las milpas. Pero el hacendado y su mujer tenían muy mal corazón y una codicia insaciable. Cuantas veces iban los naturales a pagar el censo, les quitaban más de lo convenido o se quedaban con toda la cosecha.
Pronto expiaron sus fechorías aquellos miserables. Cierta noche, bajo una tempestad de rayos llego a la hacienda un señor embozado. Llevaba anteojos negros y sobrebotas de charol. Montaba un soberbio caballo. Eso fue todo lo que pudieron decir de él algunos colonos.
Como el embozado tenía apariencia de rico, los patrones salieron a recibirlo con mucha amabilidad. Pero ellos solamente; porque los mozos que allí vivían contaron que todos habían sentido un miedo inexplicable. También los animales dieron muestras de terror. Los perros aullaron con la cola entre las piernas; y el ganado que estaba en un rodeo, echó a correr hacia la montaña, con mugidos inusitados.
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¿Qué platicaron los patronos y el huésped? Quizá algo muy interesante y divertido; porque estuvieron alegres, bebiendo hasta altas horas de la noche. Al amanecer partió el extraño amigo, prometiendo volver.
-Volvió todas las noches. Así empezó la obra.
-¿Cuál ño Julián?
- La fabricación del cerro.
Volcán de Izalco, conocido también como El Faro del Pacífico.
-¡Ah!...
Decía ño Julián que, conociendo aquel viajero la gran codicia de los hacendados les habló del fabuloso tesoro que estaba enterrado allí. Les dijo quien era él…- ya lo habéis comprendido: el Diablo-; y luego, celebraron un tratado para sacar el tesoro.
Tenían que hacer un pozo, cuya excavación quedaba a cargo del hacendado y su mujer, quienes deberían personalmente horadar cierto sitio indicado. El amigote les prometió que llegaría todas las noches a dirigir el trabajo.
Así lo hicieron. Tres días después el pozo tenía una profundidad enorme, aunque el cavador no hacía otra cosa sino echar la tierra en el barril que colgaba de la garrucha. Grande era este; y sin embargo, la mujer tiraba de la cuerda con mucha facilidad. ¡Es claro había alguien que les ayudaba! – Ya comprendéis que no hago más que repetir las palabras de ño Julián-.
Todas las noches llegaba el director de la obra. Iba a sacar a su amigo, a quien le habría sido imposible salir del pozo sin la ayuda del poderoso compañero.
Y llegó el momento esperado.
Una noche apareció el tesoro. El barril salió completamente lleno de oro y piedras preciosas. A la luz de la luna, aquella pedrería de diferentes colores, se cubrió de fantásticos destellos.
¡Cómo sería el gozo de los avaros! Adentro del pozo se oían los alegres gritos del cavador. – ¡Hay más, hay más! Y arriba su mujer también gritaba como loca. – “¿hay más; hay más?”
-Hay más – dijo el diablo, quien llegó en tal momento, y soltando una atroz carcajada agarró del pelo a la mujer y la echó al pozo.
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-Aquella misma noche, señor, llevóse su tesoro el diablo, y lo depositó en el lugar que usted conoce.
-¿Y ese pozo, ño Julián?
- Espere usted, que aquí viene lo gordo. Al saber el señor cura lo que había ocurrido, fue a la hacienda acompañado de mucha gente. Iba a conjurar el lugar maldito. Pero con los exorcismos se empeoró aquello.
-¡No!
-Si; porque al caer el agua bendita que echó el señor cura, sucedió una cosa tremenda. De la boca del pozo empezó a salir un vocerío que causaba espanto. Eran los alaridos de los condenados… ¡Dios nos guarde! – Y ño Julián se persignó antes de continuar-. Al oír los gritos el señor cura y sus acompañantes comprendieron que era aquello, y echaron a correr. A tiempo lo hicieron; porque el pozo infernal comenzó a arrojar humo; y enseguida una columna de fuego. Tal es el origen de ese vómito de Teshcal hirviente que tantos siglos cuenta ya.
Esta es la historia del cerro. Así fue como aquellos compinches del Diablo, por codiciosos y ladrones, abrieron en su propia hacienda la puerta del infierno.
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La puerta del infierno. Eso dicen los indios que es el volcán de Izalco. Y es artículo de fe entre ellos, que allí se encuentran los ricos que durante su vida fueron como los hacendados de la leyenda.
Pero no creáis que solamente para los ricos malos de Izalco hizo el Diablo esta concesión…No. También van a parar allí los de toda la Republica.
Una de las leyendas del libro “Agua de Coco”.

Tomado del blog: www.asalva.blogspot.com/

Tony Segovia.